martes, 20 de octubre de 2020

JOVENES CREADORES 2020 DETRÁS DE CÁMARAS DE UN PROCESO DE DICTAMINACIÓN


Pues resulta que me invitaron a ser jurado de la beca del FONCA de jóvenes creadores, uno de los principales programas de la institución (que creo que ahora ya no es FONCA pero como nadie sabe bien qué es, pues le seguimos diciendo así); y dije que sí. Es en muchos sentidos una situación traumática, pero quisiera sacarle algo de provecho compartiendo mi experiencia y poniendo de antemano la pregunta abierta ¿cómo podemos hacer para que esto resulte más justo y mejor para todas?

Y es que el tema desata pasiones. Gestiona los odios y las envidias. Nos pone en competencia descarnada unos con otros. Siempre hay inconformes y no faltan las críticas. Nido de corruptos, los mismos de siempre, qué tiene su proyecto que no tenga el mío. Yo mismo he participado con pasión y deleite en todo tipo de reproches.

Me parece que muchas críticas que se hacen a la selección de becarios son pertinentes, o parten de una intuición certera, pero considero que puede ser útil conocer el proceso de dictaminación desde el punto de vista de un jurado, porque también abundan los juicios y prejuicios injustos que parten de la ignorancia, contra la manera de seleccionar o incluso contra las personas que seleccionan.

Esta fue, pues, mi experiencia en este vapuleado 2020.

 

1.       La cantidad y el tiempo

Lo primero es recibir el documento con la cantidad de aplicaciones. 102 aplicaciones de dramaturgia, de las cuales tendríamos que seleccionar solamente 6. Sin haber leído nada supe de inmediato que iba a ser un naufragio absoluto. ¿6 de 102? ¿En serio?

Hay que mencionar que este año, para cada especialidad dentro de la disciplina teatro, hubo comités de selección diferentes. Es decir, que para dramaturgia fuimos invitados tres jurados, para dirección otros tres y para diseño escénico otros tres. Solo revisé proyectos de dramaturgia. Cuando me tocó ser becario de jóvenes creadores por primera vez, el total de aplicaciones para todas las especialidades fueron alrededor de 100, las mismas que este año hubo solo para dramaturgia. Aquella vez se eligieron dos dramaturgos, esta vez se eligieron seis. El numero de becarios ha crecido, pero el número de aplicaciones ha crecido mucho más.

Nos enviaron el código de ética, que debíamos leer y firmar, y una hoja para declaración de vínculo, es decir, para que en caso de tener algún vínculo con alguno de los postulantes lo mencionáramos desde el principio y nos abstuviéramos de evaluar esa postulación. 

Además, había que revisar esa cantidad de proyectos en aproximadamente 40 días para llegar a tiempo a la dictaminación. Calculé que debía revisar a razón de 3 proyectos por día, dejando algunos días de descanso para despejar la mente.

 

2.       Declaración de vínculo.

De inmediato vi en la lista de postulantes a varias personas conocidas. Y aquí empezaron las dudas. ¿En qué momento se puede establecer que existe un vínculo con alguien del gremio?

En algunos casos es claro: si fuiste maestro o alumno en un lapso de dos años antes de la postulación, hay vínculo académico. Si trabajaste subordinado o como jefe, o si participaste en un proyecto con alguien en ese mismo lapso, existe un vínculo laboral o profesional.

Yo reconocí dos vínculos académicos y un vínculo profesional. Hasta aquí todo bien.

Luego lo difícil: ¿vínculo afectivo?

En el gremio, luego de varios años, uno termina por conocer mucha gente con la que simpatiza o antipatiza. ¿Cuál es la frontera que establece el vínculo para el FONCA? Lo que se indica en el código de ética es que debe declararse si ese vínculo pudiera influir en el juicio sobre la persona. Y me parece bien, pues me invita a hacer un trabajo de introspección al respecto. ¿Soy verdaderamente imparcial o quisiera que esta persona gane o pierda por mis afectos involucrados? Pero… ¿Y si me creo perfectamente capaz de omitir mis sentimientos y ser puramente objetivo?

No fue mi caso, al menos.

Reconocí a varias personas que aprecio y cuyo trabajo conozco y admiro, sin sentirme tentado a favorecerlas. Pero reconocí a una persona que aprecio a la que sí me sentí tentado a favorecer sin conocer el proyecto. Y decidí ahí declarar el vínculo afectivo. Podría también haber decidido no declararlo y hacer el esfuerzo de imparcialidad, y no habría manera de demostrar ninguna falta. Quizá esto hubiera cambiado el resultado de la selección final. ¿Es justo?

El procedimiento me parece de lo mejor que puede establecerse al respecto, pero me quedan algunas dudas.

 

3.       La inevitable subjetividad.

Entonces, leyendo los proyectos, leyendo las obras que los postulantes mandan como referencia, revisando sus trayectorias ¿es posible ser objetivo y darle la beca a quien más la merece?

Spoiler alert: no.

El mecanismo que el FONCA ha implementado lo intenta y fracasa.

Tras haber superado los primeros filtros, se nos invita al comité dictaminador a asignar un puntaje a cada proyecto según ciertos criterios establecidos: Trayectoria del postulante; Originalidad y calidad de la propuesta presentada; Viabilidad del proyecto; Lo propositivo y significativo del proyecto. En cada rubro se puede determinar si el postulante-proyecto no tiene (0 puntos) si es mínima (5 puntos); si es suficiente (10 puntos); si es buena (15 puntos) o si es sobresaliente (25 puntos) Para luego, sumando todo, obtener una suma total que nos da en automático un posicionamiento de las postulaciones (de más a menos puntos totales) según se han “calificado”

Aclaración: No pude revisar los proyectos de las personas con las que declaré vínculo, así es que no pude asignarles ninguna puntuación.

Mi reflexión en cada caso es la siguiente:

a.       Trayectoria del postulante. Esta es la más fácil de definir. Se revisa el currículum enviado, en caso de dudas se coteja con los documentos probatorios, y mal que bien podemos ir ubicando cada postulante según su trayectoria. No obstante, este rubro acarrea un problema. Muchas veces se reclama que se elija “siempre a los mismos”, y resulta natural que alguien que ha tenido apoyo del FONCA antes, salga mejor puntuado en este escaño. No solo porque una beca cuenta en el currículum, sino también y sobre todo, porque alguien que tuvo tiempo para desarrollar un proyecto artístico con apoyo, probablemente estará en mejores condiciones para gestionarse una carrera en las artes, el tiempo de trabajo le habrá otorgado habilidades técnicas y conceptuales y además, tendrá experiencia redactando sus proyectos, pudiendo decir de mejor manera qué es lo que se propone hacer. O sea, de entrada hay un piso de desventaja importante entre quienes han tenido el estímulo antes (u otros estímulos similares) y quienes no han tenido nada. ¿Significa eso que son menos merecedores?

b.       Originalidad y calidad de la propuesta presentada. Esta sí es un embrollo. Para empezar porque no es lo mismo originalidad que calidad, pero acá vienen juntas y hay que elegir. ¿Lo califico alto porque es original o porque tiene calidad? Pero… ¿qué significa “original”? ¿Y qué significa “calidad”? La originalidad la tengo que determinar respecto a lo que yo, como jurado, conozco y he visto. Se supone que soy experto en la materia, así es que debo tener un amplio bagaje. Puedo considerar un proyecto “original” si me resulta poco frecuente la propuesta que plantea. En este sentido, por ejemplo, hubiera tenido que puntuar bajo a varios proyectos sobre violencia de género que se presentaron, que parecían básicamente el mismo proyecto situado en diferentes latitudes. O más general: puntuar bajo a los proyectos con temáticas sociales, con investigación de campo y generados a partir de entrevistas. Hubo muchísimos de estos. Yo preferí dejarlo un poco más abierto, y considerar una mejor puntuación si en el proyecto había algún aspecto poco frecuente o menos atendido en el campo de la dramaturgia, fuera social, formal o temático. Pero luego viene el otro asunto: la calidad. ¿Quién decide los criterios de “calidad” de las obras artísticas? Peor aún ¿cómo anticipar la “calidad” de una obra cuando apenas es un proyecto, un deseo de hacer algo? Puedo verificar hasta cierto punto el dominio técnico de las herramientas de escritura teatral en los textos de referencia que cada postulante manda, y luego estimar si ese dominio es aplicable o útil para el proyecto que propone. ¿Eso determina la “calidad” potencial de un proyecto? Ni de lejos. Salvo algunas postulaciones con importantes carencias técnicas, no me fue posible determinar calidades sin que me temblara la mano.  Cada jurado puede tener sus propias y personales directrices de calidad y originalidad, pero termina siendo una cuestión de intuiciones. Por ejemplo, a mí me resultaban “originales” proyectos sobre temas como trans humanismo, propuestas de hipertexto con diferentes rutas de lectura o libros de artista cruzados con teatralidad, porque son cosas que he visto poco en el teatro mexicano. Y en cuanto a la calidad, me parecían mejores aquellos proyectos que proponían una visión diferente, que mostraban aspectos o situaciones desde un ángulo que me obligaba a mirar de nuevo el asunto, a ver con ojos renovados. Pero esos son mis criterios personales, no necesariamente compartidos con los otros jurados. En este punto, la puntuación depende completamente del imaginario de quien la asigna, de sus preferencias personales, de su propia obra y cómo la trabaja. Y el resultado final, la suma de los puntajes de los jurados, depende también de qué tanto los imaginarios de las tres personas del comité coinciden o difieren.

c.       Viabilidad del proyecto. Esta pudiera parecer fácil, pero tiene algunos vericuetos. En principio, se considera inviable un proyecto que se propone abarcar demasiado respecto al tiempo que dura la beca. O un proyecto que no corresponde con la trayectoria del postulante podría parecer menos viable (por ejemplo, si alguien que nunca ha realizado trabajo comunitario propone la escritura de una obra en una comunidad específica partiendo de testimonios) Sin embargo ¿puedo estar seguro de que esto es justo? ¿Y si la persona que propone escribir 365 obras breves realmente puede lograrlo? ¿Y si quien desea usar la beca para acercarse a una comunidad tiene un legítimo interés? Aunque el criterio parezca fácil de determinar, no queda exento de injusticias.

d.       Lo propositivo y significativo del proyecto. Y volvemos a los entuertos. ¿Qué significa “propositivo” y qué quiere decir “significativo”? Para mí, la palabra “propositivo” remite a quien insiste en un propósito, o a quien propone algo. De entrada, todos los proyectos me parece que cumplen y que no hay manera de descartar o elegir con este criterio. Luego lo “significativo” me remite a aquello que considero que pueda tener mayor significancia en… ¿la historia? ¿la sociedad? ¿las artes? Bueno, pues todo un poco. Pero para ser honestos, terminé considerando este criterio como la pertinencia de realizar cierta obra, en el contexto político, social y artístico del México de 2020; es decir, que ciertas formas y temáticas, situadas en una geografía específica, pudieran generar diálogos y reflexiones que me parecieron importantes para la sociedad de hoy. No sé si hacia allá va la intención del FONCA, pero me pareció lo más decoroso.

Como se verá, hay mucha ambigüedad en los términos, y a final de cuentas, pese a las buenas intenciones, los criterios de selección acaban siendo, inevitablemente, subjetivos y más o menos arbitrarios. Esto significa que ante las mismas postulaciones, lo más probable es que otro jurado hubiera calificado diferente, y hubiera elegido a otros beneficiarios del apoyo.

De esto se desprende otra conclusión: los seleccionados no son, de ninguna manera y desde ninguna perspectiva, los “mejores” en nada. Solo son los que un grupo de personas consideraron interesante apoyar (pero abundaré en esto más adelante, porque la cosa no se queda, ni de lejos, en asignar un puntaje a los proyectos).  

Pero es importante decir una cosa más: este procedimiento restringe la posibilidad de que un jurado cuele a un “favorito” sin méritos ni trayectoria entre los finalistas, porque aunque lo califique muy alto, el promedio con los puntos asignados por los otros jurados lo bajará de rango. Y a propósito de eso, desarrollo el siguiente punto.

 

4.       La deliberación con los otros jurados.

Las puntuaciones se mandan al FONCA y ellos preparan en un Excel los materiales organizados para el día de la deliberación, donde tendremos que ponernos de acuerdo a quienes elegir.

Y como decía antes, la cosa no se queda en asignar puntajes.

Si bien las puntuaciones son una herramienta, se nos dejó muy claro que no tenían un valor definitivo, y que si considerábamos que algún proyecto había quedado descartado injustamente, podíamos argumentar.

Además de los puntajes antes descritos, cada jurado pone en una casilla si considera que el postulante es o no candidato a recibir la beca. Al principio, antes de mandar los materiales, me di cuenta de que había seleccionado como  candidatos posibles a más de 60 postulantes. Sí, más de 60 proyectos me parecieron dignos de recibir el apoyo, por diferentes razones. Pero se me dijo que convenía que eligiera unos 20 como candidatos (cosa que hice), y que acabaríamos eligiendo solo a 6.

No sé si haya gente que se sienta poderosa al decidir sobre la vida de otras personas. Yo me sentí abiertamente miserable.

Y aprovecho aquí para plantear mi preocupación principal: ¿No somos capaces como sociedad de crear una estructura cultural donde sea posible realizar con remuneración todos estos proyectos? ¿No saldríamos beneficiados todos? ¿Sería realmente tan caro? Porque 6 personas van a tener una oportunidad fabulosa de desarrollarse como dramaturgas, pero al menos otras 50 personas que merecían la misma oportunidad se sentirán decepcionadas, frustradas, descorazonadas…

Pero volviendo al tema de los “candidatos” que elige cada jurado, es importante decir que este marcador es fundamental, porque al llegar a la deliberación, las autoridades del FONCA nos presentaron la lista de candidatos en un orden específico: en primer lugar, aquellos que los tres jurados consideramos candidatos, y estos, ordenados además de mayor a menor según la puntuación promediada entre los tres jurados; en segundo lugar, a aquellos que habían seleccionado solo dos jurados; luego los que habían sido seleccionados por uno solo de los jurados.

Los que no fueron considerados por ningún jurado quedaron descartados de inmediato.

No recuerdo con exactitud cuántos quedaban todavía por revisar, pero eran más de 30.

Había alrededor de 8 que todos los jurados habíamos votado a favor. (Casi podríamos haber reducido la discusión a esos 8 y ya, pero decidimos discutir más a conciencia otras postulaciones también)

Había 5 que, por declaraciones de vínculo, no tenían los votos completos, pero fueron considerados con medio punto para que paliar la desigualdad inevitable. Y aquí vale aclarar un punto: esto puede jugar en contra o a favor del postulante, porque si yo declaré vínculo, pero no lo hubiera considerado favorito, el postulante ganaría medio punto, pero si lo hubiera considerado favorito, el postulante perdería medio punto.

Nos limitamos a discutir todos los que tenían 2 y 3 votos como candidatos, y hablamos de cuatro casos que solo tenían un voto.

No daré detalles de las discusiones (lo siento por los morbosos) pero sí diré que todo fue cordial y bien razonado. Aunque a ratos las preferencias no coincidían, y los criterios o gustos artísticos tomaban sesgos diferentes, supimos conciliar, reflexionar e incluso cambiar de opinión.

La deliberación en sí misma tiene un carácter confidencial, y se nos invita a hablar libremente. Si me preguntan, pienso que debería ser pública, y cada jurado podría hacerse responsable de sus palabras sin ningún problema. Si se hiciera pública nuestra deliberación, estoy seguro que cada uno podríamos sostener lo que dijimos con argumentos sensatos, incluso aquellas que fueron opiniones subjetivas del tipo “este proyecto no me da confianza, siento que no va a cumplir lo que se propone” (No se dijo así literalmente, pero la idea estuvo ahí)

En ningún momento, las autoridades del FONCA intentaron intervenir o inducir hacia algún candidato o estilo o nada semejante. Tuvimos absoluta libertad para debatir y decidir.

Ante la cantidad de proyectos meritorios y el reducido número de becas disponibles, tuvimos que proponernos algunos criterios adicionales para ayudarnos a decidir. Por ejemplo: si ya había tenido beca dos veces antes, mejor descartar; si había tenido beca en tiempos recientes, descartar (Y ojo, esto también es injusto, porque así como es bueno que gente nueva tenga los apoyos, también lo es que quien ha demostrado consistencia en su trabajo los siga teniendo); buscamos que hubiera presencia de los estados, así es que en algún punto, los de la CDMX empezaron a ser descartados; decidimos que convenía apoyar diversidad y variedad de poéticas y temáticas así es que a veces descartamos proyectos que coincidían con otro que sentimos más pertinente; por suerte no tuvimos que buscar paridad de género, pues la mayoría de las candidatas preseleccionadas eran mujeres, y podríamos haber elegido solo mujeres sin sentir que cumplíamos una cuota.

Llegados al punto de incertidumbre total entre varios candidatos, ponderamos sobre todo que hubiera claridad en las propuestas y congruencia con las trayectorias y los objetivos planteados.

Aún así, teníamos doce proyectos igualmente valiosos. Y aún así tuvimos que descartar.

De mis siete proyectos favoritos, solo dos quedaron en la selección final. Uno de los seleccionados no tuvo ni mi voz ni mi voto en ningún sentido, porque había declarado vínculo y debí abstenerme cuando los otros jurados debatieron al respecto, se me pidió abandonar la sala y así lo hice. Los otros tres, aunque no estaban en mis siete favoritos, sí estaban entre mis doce favoritos, así es que de cualquier forma me siento satisfecho al respecto.

Pero no dejo de pensar en los 50 proyectos que no quedaron. Y de esos 50 en al menos otros 10 que me resultaban imprescindibles. Ojalá sigan aplicando y ojalá pronto reciban el apoyo que merecen.

 

5.       La estúpida competencia.

¿A quién se le ocurrió que la competencia era la mejor manera para que los humanos se desarrollen?

Es completamente ridículo.

¿Cómo poner a competir 102 proyectos por tan solo 6 becas?

Es una clara apuesta por la frustración y el resentimiento, no por el arte.

Y aún así es lo mejor que hay. Es mejor que nada y debemos defenderlo.

 

Pero defenderlo no debería implicar dejar de buscar la forma de un mecanismo mucho mejor.  

Tal vez no sería tan problemático si sucedieran al mismo tiempo dos cosas:

1.       Que la cantidad de apoyos fueran el triple. Si hubiéramos podido dar 18 becas en lugar de solo 6, aunque no alcanzaríamos a cubrir los proyectos meritorios, sería un gran avance.

2.       Si no fuera este el único mecanismo de subsistencia que les permite a los artistas concentrarse en un proyecto durante todo el año. Si la mayoría tuviera ingresos regulares y suficientes por hacer su arte, las becas serían, entonces sí, un estímulo y reconocimiento, pero no una de las pocas formas de profesionalización (es decir, dedicar la mayor parte del tiempo al arte, y no a otra cosa para subsistir)

El sistema de becas es inevitablemente injusto. Por más candados que se pongan, el problema no se resolverá. Se necesita mucho más dinero público en la bolsa para empezar a perfilar una diferencia, sumado a políticas culturales que aseguren trabajo remunerado constante a los artistas.

¿Es posible imaginar un sistema que fomente la colaboración en lugar de la competencia? Una convocatoria donde, para obtener el apoyo, tengas que ayudar a otro a mejorar su proyecto. Donde el éxito de alguien más te garantice beneficios.

Vivir un año (o tres) gracias al apoyo de una beca es una experiencia fabulosa, porque te entrega lo que casi nunca tienes: tiempo para pensar y crear.

Todos deberíamos tener eso garantizado. Se llenaría de trabajos hermosos y potentes, de poéticas diversas y dispersas, habría opciones de todo tipo al alcance de la ciudadanía.

Toda la población saldría beneficiada.

Y ni siquiera implica tanto dinero, solo voluntad política. 

¿Por qué resulta tan difícil entonces?

lunes, 7 de octubre de 2019

JOKER y el malestar del mundo.



1. Se supone, porque lo han repetido mucho, que el Joker de los comics es la encarnación del caos, aunque esa es una lectura relativamente reciente, pues la idea original era la de un psicópata homicida bufonesco que luego derivó en un ladrón travieso (por imposición del código que censuraba los cómics en los 60´s y 70´s). En el cine apenas  vimos esta idea del caos en la interpretación de Ledger-Nolan. Sin embargo, tal perspectiva simbólica o alegórica no es lo esencial de este personaje icónico. Lo esencial son el delirio y la burla con los que se enfrenta a la sociedad y en especial a su archienemigo, Batman, situado en las antípodas de la conducta humana. Delirio y caos no son, ni de lejos, la misma cosa. La apuesta de Phillips-Phoenix se apega más al origen, y retoma algo que se había descartado en el canon de DC: elaborar los antecedentes. Explicar cómo y por qué alguien termina siendo un maniaco multihomicida. El riesgo: justificar la existencia del monstruo (justificación innecesaria en el universo narrativo de Batman. ¿Pero es innecesaria en el universo narrativo de Joker?) La película ofrece, de entrada, un cambio de perspectiva: vamos a ver desde abajo, desde el villano (el nombre con el que los nobles designaban a los aldeanos de las villas, rústicos, ignorantes, propensos a la delincuencia, incapaces de sofisticación) Esta inversión es un gran acierto, porque de ella emergen todas las cosas que no vemos desde la perspectiva del justiciero, pero que sabemos que están ahí aunque se mantengan invisibles en el cómic. Y lo sabemos porque las vemos o sufrimos en el mundo cotidiano.

    2. En este filme, la degradación social de Ciudad Gótica no es resultado del caos o de individuos corruptos que inducen a otros a cometer delitos, sino de la gestión de una clase dominante, que es sostenida por un sistema diseñado para beneficiarlos solo a ellos. Es, como en la novela gótica del siglo XIX, la sociedad decadente que crea e invoca a su monstruo. Y es que la mayor cantidad de violencia que se ve en la película es violencia sistémica, esa que normalmente nos regatean en el cine de superhéroes.  Casi toda la violencia que aparece, la recibe Arthur Fleck, un pobre diablo con una condición mental frágil, víctima de abuso, que se siente invisible, insignificante, pero que sabe que es especial, sabe que las cosas deberían ser diferentes. Es el lumpen  sin conciencia de clase, que no advierte la explotación del sistema, pero sí percibe la injusticia, ansioso de ocupar un lugar de reconocimiento y aceptación que todos le escatiman.
   3. Al principio, quizás con demasiada redundancia, se nos presenta a un hombre con una identidad pulverizada, necesitado, ansioso de atención y afecto y víctima de sus iguales, que reproducen contra él la crueldad que les enseña el sistema. Un hombre que de a poco va encontrando en la violencia una salida para su ansiedad disfuncional. Al mismo tiempo, conocemos a un Thomas Wayne representando a la clase dominante, sin un ápice de empatía, incapaz de entender el problema al que se enfrenta, y cuya única solución es acumular más poder (él) presentándose a las elecciones para alcalde. Nunca habíamos visto así al padre de Bruce Wayne, porque nunca habíamos visto desde los ojos de Joker (y no es que no se haya mencionado en comics, pero nunca lo habíamos VISTO)
   4.  Hasta que descubre su pasado. O parte de él, y acepta que el asesinato es lo único que lo satisface. “Todos mis pensamientos son negativos” le dice a la trabajadora social que siempre le hace las mismas preguntas, pero no lo escucha. “Nunca he tenido un momento feliz en la vida” le dice a su madre, que lo llama Happy, antes de matarla, mientras todavía su psique busca un asidero de afecto que lo contenga. Pero no. Sin quererlo, desata una protesta social contra los ricos, donde abundan máscaras de payaso, y se ve reflejado en esa rebeldía que no entiende. Deja las medicinas y su mente se aclara. Siempre sube una escalera, derrotado, hasta que la desciende bailando, vestido como Joker. La escema de la escalera es genial no por la metáfora obvia, sino por todo lo que aparece ahí que no se puede nombrar, eso que sentimos que está bien y todo eso que sentimos que está mal, porque para ese momento han logrado colocarnos del lado del tipo más culero del universo DC. Y baila. ¿Es un baile festivo? ¿Es un baile triste? ¿Baila bien? ¿Baila mal? ¿es a propósito? Y de pronto da miedo. Convierte la derrota en potencia. Le ha llegado la hora de subvertir la violencia sistémica para atacar el sistema con una violencia demencial. Con esa falsa alegría que se nos quiso imponer como mandato. Con esa burla con la que siempre lo castigaron. El goce con el absurdo y el sin sentido de la vida. No el caos, no es lo mismo.

    5.  El único lugar donde le prestan atención al payaso que aspira a comediante es en un show televisado, para burlarse de él (otra vez). Pero para ese momento él ya se ha dado cuenta de cuál puede ser su lugar en el mundo. Ha decidido suicidarse frente a las cámaras para hacer algo notable una vez en su vida. Y entonces viene el juego de estatus brillante que se despliega en el programa, donde todos creen que el pobre diablo está muy por debajo, pero no saben que está muy por encima de su percepción alienada de la realidad. El cambio de decisión sobre suicidarse (predecible, pero no por eso menos brillante) para asesinar al presentador que era su ídolo, una suerte de patética figura paterna, es un giro magistral con el que consuma su bautismo de sangre mediático, donde descubre que ahí, en el espectáculo de la violencia, está su destino, que es el rostro de la sociedad capitalista que ignora o destruye a sus ciudadanos en pro de las apariencias: un rostro con pintura de payaso, vacío, delirante y burlón. El crimen mediático como única salida para conseguir identidad. (nada nuevo, pero sí muy vigente)
     6. Y todo funciona gracias a la genialidad y el trabajo intenso del actor. Phoenix nos hace sentir piedad, repulsión, ternura, compasión, emoción y miedo. Por partes y todo junto. Queremos que se vengue, pero no queremos que se vengue. Queremos que se salve pero gozamos que se condene. Sabemos que lo que sigue está mal pero lo sabemos inevitable, pues ocurre por necesidad (aristóteles dixit), porque sabemos que lo que hay también está mal y ha gestado su condena.

       7.  Y pese a todas estas virtudes, la película se queda corta en su escenificación de la protesta social que desencadena el primer asesinato de Arthur: unos juniors acosadores y abusivos que molestaban a una mujer en el metro. Y es que en un principio no se plantean como simples disturbios, sino como un movimiento antisistema. Ahí le sale lo gringo al director-guionista, que al igual que Thomas Wayne, no es capaz de ver las potencias y las afirmaciones de vida que pululan en la desobediencia civil, en las manifestaciones, en las acampadas, en los plantones. No aparece la gente ayudándose a nada, nadie hace preguntas, nadie organiza brigadas, nadie cuida de los otros (todo eso sí pasa en cualquier protesta estándar) Solo se retrata el hartazgo y la violencia callejera que va in crescendo. Y es en ellos, en los indignados devenidos en vándalos, que el personaje, transformado, encuentra la atención y la admiración que ansiaba. Encuentra su plenitud en esa violencia delirante y burlona, sin sentido y sin futuro (mas no por eso inexplicable) que es la esencia del personaje. Como elaboración de un discurso se queda corto, pero nos entrega imágenes magistrales. 
     8.  La película no desarrolla una reflexión sobre la sociedad que no hayamos visto antes en cine ni mucho menos que no hayamos leído en ensayos o artículos o noticias. No va por ahí la cosa. Lo relevante es que es una cinta comercial, pensada para circular por circuitos mainstream, con un aparato de publicidad brutal, cuyo contenido es, por lo menos, incómodo para el gringo promedio. Y es un parteaguas en el cine de cómics y superhéroes como lo fueron para las historietas las publicaciones de DC Vértigo, con Killing Joke y Arkham Asylum, por mencionar algunas. Y no, estrictamente, no es cine de superhéroes. El género de superhéroes es otra cosa que no tiene nada que ver con esto. Solo tomaron al personaje prestado para desarrollar su tema, porque era el personaje más indicado para hacerlo.
9. Ultima reflexión: Hay una insistencia malsana e idiota en los gringos en equipar anarquía con caos. La anarquía, como movimiento social, como ideología, es lo opuesto al caos, pero o no entienden, o se esfuerzan mucho por cambiar el sentido de los términos, como lograron hacer con la palabra democracia. 

martes, 23 de abril de 2019

El mercado como enemigo de los imaginarios artísticos.


Empiezo con una cita larga.

Creo que todos, recordando nuestra infancia, recordaremos esa facilidad para jugar que teníamos. Uno estaba “disponible” al juego, y nutría el imaginario fácilmente. Una sombra, una forma, una escena, una palabra desconocida parecían crear alrededor de uno una especie de suspenso, un vacío, que uno llenaba con sus historias. Y estaban, además, los “imaginarios prestados”, un juguete, láminas, figuritas, cuentos, las fiestas, el cine, las historietas, los lápices de colores. En esta fantasía de disponibilidad total que tenía uno en la infancia, no parecía haber coto alguno para el juego. En el juego podía entrar todo, siempre y cuando uno tuviera “tiempo para jugar” y un “lugar” donde poner al juego, un espacio poético… Uno decía “me voy a jugar” y uno sabía que entraba a un sitio donde uno era más uno mismo que nunca y el tiempo tenía otra calidad, era tiempo de otra clase.
…Las sombras, las escenas o los enigmas con que uno empieza a nutrir su imaginario pueden variar mucho según la vida que uno lleve.
En cambio los imaginarios prestados que uno va acarreando a su espacio poético, y que le sirven de materiales de construcción para abrir nuevas brechas, no parecen variar tanto en nuestro tiempo. Incluso parece variar mucho menos que antes. El mercado los ha homologado.
…Los proveedores de imaginarios son hoy unos pocos… Solo algunos niños, muy pocos, tienen alguna ocasión de frecuentar otras formas de imaginarios: poesía, novelas y cuentos, anécdotas familiares, mitos y leyendas vivos, cuadros, libros de imágenes, cine, música, teatro. Para la mayor parte de los niños, la variedad de los “imaginarios prestados” que están a su alcance es mínima.
…¿No se terminará por anestesiar en los niños la posibilidad de entrar a otros imaginarios más variados, más ricos y, en última instancia, su capacidad de jugar? ¿No se les estará escamoteando el enigma? ¿No se les estará apelmazando la frontera indómita?
Hay que tener en cuenta que estos imaginarios masivos son, en su mayoría, muy rígidos y, además, muy invasores, puesto que el mercado tiende a invadir todas las áreas de la cultura con el mismo producto (de eso se trata si se busca el rédito: de vender mucho de lo mismo). Y si el “imaginario oficial” del mercado lo ocupa todo ¿quedará algún sitio para ejercer la construcción del espacio poético propio, del imaginario personal, que siempre es, por así decir, “artesanal” y privado?[1]



Siguiendo con esta reflexión, si el arte cumple con alguna función social, esa es precisamente la de diversificar los imaginarios.
Y no es poca cosa, porque son los imaginarios los laboratorios donde comienza la transformación de la sociedad: Si podemos imaginarnos el cambio, el cambio empieza a suceder. Mientras que los imaginarios masivos estabilizan nuestros deseos, los imaginarios diversos los inquietan y entran en tensión. Son la antítesis marginal y periférica que genera movimiento, son el fuego heraclitano que activa, en el conflicto, la razón y la palabra. 

Una política pública en torno a las artes debe partir del entendimiento que las artes están ahí para enrarecer las cosas, cuestionar lo que damos por bueno y por supuesto, para mirar de manera divergente y disonante ese conjunto de ficciones que llamamos realidad. Y no olvidar: el asombro ante lo bello o la técnica, ante lo sorpresivo o inesperado, ante lo repugnante o lo terrible o ante un pensamiento que aparece al relacionarse con la obra es parte de esto mismo.

En la actualidad, en el mundo, podemos encontrar tres modelos de política pública para las artes: 1. El modelo de financiamiento privado, que apuesta porque el sector empresarial aporte donaciones a los proyectos artísticos que considere relevantes, donde el papel del estado es dar facilidades e incentivos a las empresas para estimular la donación o inversión en artes. 2. El modelo de financiamiento público, que apuesta por el subsidio directo a los proyectos artísticos que el estado considera relevantes, donde se invierte a fondo perdido para que las artes existan y estén al alcance de los ciudadanos. 3. El modelo mixto, que intenta combinar los dos anteriores.

En el modelo de financiamiento privado, el riesgo está, por un lado, en que son las empresas las que deciden qué discursos convienen, y no se sentirán atraídas a invertir en obras incómodas; y por otro lado, en que se deje en manos del mercado la subsistencia de los discursos artísticos, condenando aquellos que por falta de ventas no alcancen los números negros. En el modelo de financiamiento público, el riesgo está en la intervención del discurso oficial en los discursos artísticos, censurando todo aquello que no responda a los programas de gobierno. El modelo mixto comparte ambos riesgos, sin ofrecer mejores condiciones.

Cualquier “modelo mixto” tendría que partir de la garantía de dar sin recibir. Aportar al arte sin esperar otra cosa que disrupciones y terremotos conceptuales. Porque esa es precisamente su función social: inquietar, estremecer, preguntar sin interrogaciones; pero también sorprender y divertir, en el sentido etimológico de di-vertere (separar y dar la vuelta).

Y con esto no quiero decir que toda expresión artística tiene la obligación de cumplir con estas condiciones, pero es en estas condiciones donde encuentra su función social; no quiero decir que el arte tiene que ser de una manera, sino todo lo contrario, que mientras más diverso sea, mejor cumplirá su objetivo en la sociedad.

Las políticas públicas que apuestan por la autorregulación del mercado del arte, favorecen la estandarización y la homologación de los discursos, siempre en aras de alcanzar más público, más ventas, mejores números. En el caso del teatro, se sacrifican contenidos en busca de mayor alcance, se sacrifica profundidad porque los clichés y estereotipos venden mejor, se elige una estrella de televisión o un youtuber, o un influencer, en lugar de un buen actor, con tal de vender boletos, se sacrifican días y horas de ensayo porque cuesta mucho y hay que producir rápido, se gasta más en escenografías vistosas y en publicidad que en el tiempo de creación de la obra. El resultado son obras bien producidas, envueltas en el llamativo celofán del marketing, pero demasiado similares entre sí, sin posibilidad de asombro o incomodidad, vacías de sentido y en el mejor de los casos, con algún contenido supuestamente controversial previamente digerido y asimilado por la corrección política.  

En el modelo de efiteatro, por ejemplo, las obras raras, las obras de imaginarios indómitos, las obras que no saben a dónde van, las obras que requieren incertidumbre y experimentación, no tienen lugar por la simple razón del formato de aplicación y del filtro estético que implica conseguir un aportante o un bróker que entienda el sentido del proyecto. Se exigen garantías, tiempos, presupuestos. Todo cuadrado en una tabla de Excel. Ese modelo de aportación de la iniciativa privada no ayuda a diversificar los imaginarios, sino que los domestica, los contiene, los instrumentaliza.

Creo que el mejor modelo es, sin lugar a dudas, el modelo de financiamiento público, a condición de cuidar muy de cerca la libertad e independencia de los contenidos del arte. Pero además, creo que dentro de este modelo, las políticas deberían enfocarse en garantizar el trabajo permanente, digno y obviamente remunerado para los artistas, más que en apoyos esporádicos y efímeros. Si una política pública se concentra en las condiciones de vida de los artistas, será más fácil que el arte encuentre su cauce natural hacia la ciudadanía. Hay que concentrarnos, pues, en las condiciones laborales, mucho más que en becas o subsidios pasajeros.


[1] Graciela Montes, Buscar indicios, construir sentido, de la consigna al enigma. Pgs. 61-65 ed. Frontera, Bogotá.


viernes, 11 de enero de 2019

EL HILO DE ARIADNA Y EL CAMBIO POSIBLE


Apuntes apurados sobre el 3er Congreso Nacional de Teatro

Ante las urgencias y las demandas de justicia laboral y atendiendo a la petición de creadores teatrales, en 2015 la Coordinación Nacional de Teatro abrió un espacio para la reflexión y la discusión de los problemas comunes: el Congreso Nacional de Teatro, que ha ido creciendo cada año. Para el 3er Congreso, realizado en mayo de 2018, hubo representantes de todas las entidades, ejes temáticos a trabajar, ponencias, presentación de proyectos y laboratorios de trabajo. Un admirable ejemplo de organización dentro de un gremio casi siempre fragmentado y desarticulado, que condujeron de manera ejemplar Ana Francis Mor, Bryant Caballero, Micaela Gramajo, Aristeo Mora y Eloy Hernández.
Y es que hasta hace poco, si había que negociar por alguna mejora de las condiciones, tenían que hacerlo directamente las figuras consagradas del gremio, en directo con los funcionarios de turno, casi siempre en privado y haciendo uso de sus magros prestigios para presionar.
La urgencia de nuevas prácticas políticas al interior del gremio están impulsando modelos más incluyentes y abriendo espacios para que muchas más voces sean escuchadas. Lentamente, pero con paso firme, una fuerza colectiva se va formando entre nosotros. La fuerza colectiva no surge del acuerdo, sino de la capacidad para trabajar juntos incluso en desacuerdo, organizando las diferencias, escuchando, pensando juntos y aceptando la mirada del otro como algo valioso.
Sobre todo fue muy valioso contrastar las experiencias comunitarias de algunos estados con las preocupaciones económicas de las capitales, tomar conciencia de que México tiene muchas realidades teatrales y corroborar que solo unas pocas de esas realidades tienen acceso a las oficinas de los funcionarios que deciden las políticas y asignan los presupuestos.
Dos ejemplos que dan muestra de la diversidad:
Por un lado, Samuel Sosa, en representación de RECIO (Red de Espacios Culturales Independientes Organizados) afirmó, refiriéndose a la necesidad de una legislación para el teatro: “Creemos que en un país como el nuestro, menos regulación implica mayor productividad” y también: “…temas fundamentales de ética y buenas prácticas, como lo pueden ser los tabuladores o los horarios de trabajo, (deben) ser regulados por el mismo mercado” Lo que pone ante nuestros ojos la perspectiva sobre la política laboral que se quiere impulsar desde esta organización.
Por otro lado, el testimonio de Sandra Ivette García Sánchez, de Tabasco, representando al grupo de teatro estatal comunitario “El hilo de Ariadna” sirve para poner en perspectiva la urgencia de prácticas artísticas como opción para las y los jóvenes de todo el país al referir cómo, trabajando sobre La casa de Bernarda Alba: “…Cuando hicimos la revisión de las circunstancias culturales que permitían la opresión de las mujeres en la pieza de García Lorca, comparándolas con lo que vivimos en Soyataco, las mujeres no fuimos capaces de abordar estas situaciones sin sentirnos aplastadas y agobiadas… Fue un momento de memoria y análisis que puso ante el grupo las prácticas violentas, opresoras y humillantes que por sistemáticas y reiteradas terminan siendo normales para nosotras”. Ella misma refirió el caso de una compañera que, precisamente por sentirse rebasada por estas prácticas opresoras, no encontró otra salida más que quitarse la vida. El teatro, para ellas, es un espacio de encuentro vital, de cuidado mutuo, identidad y construcción de sentido.
Ojalá el Congreso de teatro al menos nos facilite reconocer, fortalecer y reproducir este tipo de prácticas, por el bien de todas.

MARTÍN LÓPEZ BRIE
Artículo publicado en la revista Paso de Gato, en 2018

UN PUÑADO DE CINCO LOCOS

Toma simbólica de CONACULTA, Asamblea de la Comunidad Artística, 2015

“En las redes sociales somos un chingo. Cuando se trata de poner el cuerpo, solo llegamos cinco locos”.
No recuerdo quién lo dijo, en el contexto de la protesta frente a la secretaría de cultura ante la amenaza de un recorte (otro) de presupuesto y la desaparición de programas que dejarían a los estados del país sin recursos para apoyar la cultura. Cinco locos que ponen el cuerpo para defender la cultura frente a la rapiña institucionalizada.


La frase citada viene a cuento porque en los tiempos recientes se han llevado a cabo una serie de protestas y acciones por parte de la comunidad teatral en respuesta a situaciones inadmisibles desde el punto de vista de los artistas, de las cuales la siguiente lista es un resumen necesariamente incompleto:
-          Dispendio millonario en un espectáculo del circo del sol para promover la imagen (marca) de México en el mundo.
-          Retraso constante en pagos por servicios prestados, por parte de la extinta CONACULTA
-          Situación laboral precaria y dificultades para obtener seguridad social.
-          Recortes presupuestales escandalosos a los programas sustantivos de la nueva Secretaría de Cultura.
-          Nepotismo, dispendio, opacidad y corrupción en la Compañía Nacional de Teatro.  
-          Gastos de parte del FONCA en programas de exiguos resultados como el Encuentro de Artes Escénicas al mismo tiempo que la desaparición de programas útiles más concretos como Rutas Escénicas (que apoyaba a grupos para realizar giras artísticas).
-          Jurados del FONCA que otorgan beca a sus alumnos aunque no tengan trayectorias destacables…
-          Etc.
Y el síntoma recurrente es que en las redes sociales estos temas causan gran revuelo y tremenda indignación, pero a la hora de hacer presencia en la calle o en las oficinas para exigir cuentas, solo acudimos unos pocos. ¿Tiene algún sentido hacer esto? Es la pregunta que se repite cada vez que nos vemos los mismos otra vez protestando por lo mismo.
La respuesta dependerá de la perspectiva que se tome al respecto. Cada perspectiva tiene un matiz diferente según se miren los problemas que detonan la protesta.
Clausura simbólica de la Secretaría de Cultura y varios institutos en todo el país. Nov. 2016


    1.       El problema del mando

¿A quién responden los encargados de la cultura en el país?
Se supone que son servidores públicos, y esto significa que trabajan para nosotros, los ciudadanos. ¿Podemos despedirlos si son ineficientes? No. A menos que sigamos un camino: hacer un escándalo mayúsculo cuyo costo político obligue a la renuncia de alguno de ellos (Y con esta perspectiva, la protesta virtual y la acción in situ cobran algo de sentido)
Siendo servidores públicos no responden a nuestras necesidades sino a una agenda política y económica trasnacional que es enemiga frontal del bienestar de la gente y la naturaleza.  Responden a contingencias y coyunturas de la política de alto nivel, de los presupuestos de la Secretaría de Hacienda, principalmente. Hacienda, pues, define la política cultural del país, y organismos financieros internacionales definen la política de Hacienda: FMI, Banco Mundial, y demás cabezas ponzoñosas del endriago neoliberal. En resumen, la política cultural del estado mexicano no tiene nada que ver con la cultura de México. (Y ante esta perspectiva, la protesta recurrente parece inútil, pues no tiene posibilidades de modificar esta condición)

     2.       El problema de las “buenas intenciones”

Hemos vivido en un estado asesino, terrorista, y además ineficiente, donde sus perpetradores mandan sobre los funcionarios de cultura, y estos últimos, que quieren conservar la chamba, obedecen con la excusa de que están ahí para evitar cosas peores, para conservar algo en medio del saqueo.
Qué nobleza.
Protesta en el Congreso de la Unión por el recorte a cultura en el PEF 2019

Y no es que dudemos de las buenas intenciones de los servidores públicos de la cultura (bueno, tal vez sí dudamos de algunos) si no que ese acto de heroísmo tiene un alcance pírrico en las cuestiones sustantivas. Los mejores logros alcanzados por estos dignos adalides de la comunidad son reformitas a cuestiones muy menores: unos pesitos más para tal proyecto; que no desaparezca un programa en vías de extinción; menos dinero para subsidios; pero hay que celebrar que aún haya algo de dinero, nos dicen. (Y ante esta perspectiva parece que hacemos daño en lugar de ayudar a los susodichos para que nos protejan y juntos defendamos el Teatro, así con T mayúscula).
Qué bueno que existan funcionarios dispuestos a defender lo poco que nos queda desde adentro, pero mientras la situación laboral de los artistas no mejore, los esfuerzos “desde adentro” son igual a casi nada.

    3.       El problema del emprendimiento

La única política cultural reconocible y mundialmente difundida, es la de impulsar los emprendimientos culturales y las industrias creativas. Se impulsa un modelo en el que el artista debe volverse un empresario de su arte, siguiendo una serie de procedimientos para encontrar su nicho, su “área de oportunidad”, reconociendo un público específico (entendido más como consumidor de lo que se ofrece). El objetivo es, en teoría, hacer la actividad artística algo rentable siguiendo el camino de las empresas de éxito y la lógica de la mercadotecnia.
En esencia, lo que se promueve con esta visión es que el artista se convierta en un explotador y promotor de sí mismo. Y si no consigue el éxito, es su culpa, por no esforzarse lo suficiente, por no desarrollar habilidades sociales, por no instrumentalizar su red de contactos y amistades para consolidar y posicionar su arte, por no saber hacer un plan de negocios (¿y si acaso no queremos hacer negocios?). Este modelo puede funcionar para algunas actividades artísticas, sin duda, pero condena al fracaso y desaparición a muchas otras cuyo valor no es capitalizable y cuya actividad no encuentra equivalentes en moneda.
Además, no se dice nada del entorno en el que el artista debe realizar todo eso, ni de cómo otras políticas (impositivas, reguladoras, laborales) funcionan como obstáculos para el desarrollo de actividades que operan en el campo de lo simbólico. Todo ello conduce a un estado de precariedad permanente, de inseguridad y angustia, que favorece conductas competitivas por encima de conductas colaborativas, donde el individuo y sus logros se imponen sobre lo común y lo colectivo; es decir, se impone una visión de sociedad-organismo formada por células que compiten por devorarse unas a otras (células cancerígenas), en lugar de una sociedad-organismo con células que colaboran para mantenerse con vida unas a otras.
No solo se trata de una política cultural, sino de una política cargada de ideología que se hace pasar por “apolítica” y “no ideologizada”. La ideología subyacente es la del libre mercado: la del mercado como ente organizador del mundo y la del dinero como dios todopoderoso. Es una ideología religiosa (en tanto que dogmática) que ha prescindido del componente ético de otras ideologías y religiones. Al colocar los parámetros de “bien” y “mal” en el mercado, se convierte en una ideología del mal desde la perspectiva del ser humano, pues el bienestar de los hombres se convierte solo en una consecuencia tangencial y excepcional, algo que no es prioritario y de lo que se puede prescindir con tal de generar ganancias.



   4.       El problema de la ética vs la política

Lo que nos lleva al asunto de la ética.
Protesta frente a la Secretaría de Turismo por el contrato
del Cirque du Soleil, 2016
Hace poco un amigo me recordó que no hay (ni nunca ha habido) moral en la política y que exigirle una ética es estéril. Me dejó pensando: ¿Y si ese es el problema?
“El fin justifica los medios” es una frase que nos coloca en la antesala del mal, porque puede implicar que es lícito quemar brujas (personas reales) para mantener alejado al diablo (una abstracción, una entelequia). Si tal frase es el principal axioma de la política, la política está en la antesala del mal, y solo necesita un empujoncito para pasar al gran salón de la infamia. Al menos la política que han usurpado los que se sienten “profesionales” de la política. Y eso incluye la política cultural, aunque exista una diferencia de magnitud en sus tufos sulfurosos.
Pero si entendemos “lo político” como la gestión de las diferencias para lograr el bienestar en una comunidad, entonces la ética es un componente imprescindible, donde “el bien” no es una entidad abstracta que se impone dogmáticamente, sino una serie de condiciones para que ese bienestar común suceda.
Tampoco es algo relativo, donde el bien de unos puede significar el mal de otros, porque se asume que el bien común debe ser incluyente de lo humano y de la naturaleza en general, y estar dispuesto a negociar las contradicciones que emerjan en el proceso, no por la imposición, sino a través del acuerdo y el disenso.
Cuando un grupo de artistas tiene este tipo de consideraciones en mente, es natural que las prácticas de opacidad, de compadrazgo, de nepotismo, de favoritismo, de sectarismo, peculado, prevaricación y demás inmoralidades cotidianas quieran ser impugnadas, exhibidas y repudiadas públicamente. Surge en oposición al estado insoberano una comunidad ética que reconoce la injusticia y alza un reclamo (Un estado insoberano que incumple impune, todos los días, aquel mentado contrato social). Se conforma entonces un disenso necesario. (Y desde esta perspectiva, la protesta se entiende como desahogo ante la sordera, pero también como encuentro de los cuerpos que se identifican con esa postura ética)

Participantes del 3er Congreso Nacional de Teatro, 2018


    5.       El problema laboral

Pero el más grande problema que nos aqueja es una cuestión de subsistencia. Trabajo hay mucho. Siempre estamos trabajando en algo, ya sean proyectos personales, encargos ocasionales, cursos, talleres, trabajo solidario, organización y gestión de proyectos… pero el trabajo artístico nadie lo paga. Sin las obras de teatro, no existirían los foros para representarlas, los técnicos que trabajan en ellos, los diseñadores que hacen carteles y postales, los especialistas en difusión y prensa, los burócratas que administran la cultura, los altos funcionarios que definen las políticas culturales, los vigilantes, acomodadores, gente de intendencia, taquilleros y demás trabajadores de los centros culturales. Todos ellos cobran por su trabajo. Los artistas no.
Bueno, a veces cobran, pero para lograr eso hay que alcanzar cierto estatus de validación dentro del medio, cierto prestigio consagratorio que otorgan otros artistas y funcionarios. Y aún en estos casos, los artistas no cobran lo que vale su trabajo. Los artistas subsidian con su labor una gran cadena económica y son los más castigados “porque hacen lo que les gusta”.
Y el problema está en una encrucijada: el derecho a la cultura, consagrado en el artículo 4º de la constitución desde 2009.
“Toda persona tiene derecho al acceso a la cultura y al disfrute de los bienes y servicios que presta el Estado en la materia, así como el ejercicio de sus derechos culturales. El Estado promoverá los medios para la difusión y desarrollo de la cultura, atendiendo a la diversidad cultural en todas sus manifestaciones y expresiones con pleno respeto a la libertad creativa. La ley establecerá los mecanismos para el acceso y participación a cualquier manifestación cultural”.
Tenemos derecho a manifestarnos culturalmente. Tenemos derecho a acceder a la cultura. El estado debe garantizar ambas cosas. Pero no se dice nada del derecho a vivir de ello, de hacer de ello una profesión remunerada. La gente, con o sin estado, con o sin burocracia, con o sin élites y especialistas, crea cultura en su convivencia diaria, así es que no hay nada que temer al respecto, la cultura no va a desaparecer aunque nadie destine un solo peso para ello. El problema es que si no hay una economía saludable que sostenga un quehacer cultural específico como el teatro, entones no hay posibilidad de una profesionalización de ese quehacer.
La encrucijada es que necesitamos cobrar por hacer el trabajo que hacemos, pero la gente no puede pagar el costo del trabajo que hacemos, pues si el boleto de cada obra costara en función de los costos de producción y creación, no bajaría de los $400 en los casos más baratos. Una tarifa semejante, además de excluyente a sectores empobrecidos, solo es permisible en cierto tipo de espectáculos, pero no en los que tienen un sesgo experimental, intimista o que se establecen fuera de las dinámicas conocidas. Entonces el estado debe entrar a subsidiar, para garantizar su existencia, pero los subsidios son insuficientes y los procesos para otorgarlos resultan opacos y los criterios dudosos.
El problema laboral de los artistas del teatro está detrás de la mayoría de las protestas e inconformidades. Mientras no se resuelva este asunto, los programas y políticas culturales solo podrán aspirar a simples placebos o paliativos del malestar general. (Y desde esta perspectiva la protesta sirve para mantener visible ese malestar y evitar que se normalice en nuestros cuerpos).

Concluyendo

Salimos a la calle y protestamos.
Nos plantamos afuera de CONACULTA, sobre el camellón de reforma, y organizamos una jornada de 10 horas con mesas de discusión alrededor del problema de la cultura desde diferentes ángulos, con destacados analistas y participantes, donde cualquiera que pasara por la calle podía acercarse, enterarse y sumarse; lo hicimos sin líderes, jefes ni jerarquías ególatras, con un esfuerzo cooperativo de altísimo rendimiento y jovialidad, donde además se sumaron eventos artísticos callejeros por demás notables. Lo más destacado de ese evento fue que los encargados de la oficina salieron a la convocatoria para decir que mejor lo hiciéramos adentro, por comodidad, cuando justamente lo que queríamos era que sintieran la incomodidad en la que hacemos arte todos los días. Fue sintomático también que se dieran por bien servidos con decir cifras y luego retirarse, sin asomarse ni por error a los temas que se trataba en las mesas.
Salimos a la calle y protestamos afuera de la secretaría de turismo por el caso del circo del sol, y presentamos un proyecto alternativo para gastar de manera más inteligente semejantes cantidades de dinero, a saber, 47.7 millones de dólares del erario mexicano. Se nos dijo con mucha amabilidad que había que desarrollar la propuesta de manera mucho más puntual y extensa. Es decir, que teníamos que hacer un trabajo en el que no somos especialistas, que no sería remunerado, para tener la oportunidad de ser rechazados oficialmente.
Salimos y protestamos. Bloqueamos la entrada de la secretaría de cultura, en una acción que se replicó en muchos estados en sus respectivas instituciones culturales, clausurando simbólicamente los edificios, como respuesta a las amenazas de recortes. Como siempre, nos recibieron con mucha amabilidad para diluir el problema en cifras y compromisos nebulosos.
También protestamos por escrito, explicando con amplitud nuestros motivos y razones de inconformidad, como el caso de la CNT que está ampliamente documentado, cuyo más reciente agravio fue la total opacidad en la que se designó al nuevo director, siendo que habíamos pedido que el caso fuera discutido públicamente por tratarse de una iniciativa sostenida con recursos públicos.
Lo seguiremos haciendo.
Digan lo que digan, los problemas siguen ahí y seguirán movilizando gente como no sean atendidos de verdad, y los resultados sean perceptibles por los que andamos a pata rajada en el día a día de disputarle valor simbólico al mundo y a las potencias mediático-políticas.
Felizmente, todo ello ha propiciado el encuentro de personas que se reconocen en sus carencias, rezagos y precariedades. El encuentro en una zona de dignidad ética, de reconocimiento frente al otro y de extrañamiento frente a prácticas reconocidas como dañinas y vergonzantes.
Desde esta perspectiva, aunque seamos un puñado de cinco locos, tiene muchísimo sentido protestar para encontrarnos en esa zona de identidad marginal y marginada. Reconocernos como distintos y adversarios del sistema-mundo que nos convierte en instrumentos y mercancías, en marcas-sujeto y activos de “capital humano”. No queremos ser empresarios, no queremos crear “productos” de consumo, no aceptamos la trampa del “éxito” ni el espejismo del emprendimiento, no aceptamos tampoco la mistificación del arte como algo para las élites, algo “sagrado” o “trascendente” digno de adoración y privilegios, no concebimos esta actividad como algo aparte ni diferente de otras actividades humanas; queremos dignidad para desarrollar nuestro trabajo en un entorno propicio a la vida y a la convivencia; queremos un mundo mejor, pues, y nos juntamos para reconocernos y construirnos como sujetos de frente a estas condiciones tan jodidamente jodidas.
El panorama no parece mejorar, sino al contrario. Seguiremos hinchando las pelotas, como dicen los argentinos, porque nos daría vergüenza aceptar en silencio los abusos e ineptitudes. A ratos nos fatigamos y nos tomamos un descanso, pero siempre volvemos, porque hay algo podrido en Dinamarca, y el tufo no se puede ignorar si respiramos.
Dato curioso: muchas veces los funcionarios de turno nos han pedido que entreguemos datos duros, proyectos claros, propuestas de políticas culturales consistentes con el plan general, y cosas por el estilo, aduciendo que están en la mejor disposición de escuchar y dialogar. Genial. Pero nadie toma en cuenta que son ellos los que tienen un sueldo asignado para eso, y que nosotros debemos hacerlo en tiempos robados a otros trabajos, a la vida, sin pago alguno. La situación no es para nada simétrica. No nos deslindamos de esa labor, pero consideramos prioritario exponer el malestar que estos políticos de la cultura no perciben desde la comodidad de sus oficinas.
Para cerrar, conviene destacar que hasta ahora han sido, todas las veces, protestas bastante divertidas, con epílogos en las cantinas y toda la cosa. Puede parecer frívolo, pero no lo es. La alegría es precisamente lo que activa el deseo de estar juntos y trabajar por el bien común.
La alegría del encuentro puede ser incluso más grande que la congoja y la rabia que nos moviliza.




























(Texto escrito en 2017 y publicado en algún lugar que ya no recuerdo)